La
izquierda, las marionetas y el subcomandante
MANUEL TALENS
Empezaré citando una atrevida afirmación de Noam Chomsky: el mes de marzo del año 2001
ha sido testigo de un acontecimiento que podría "cambiar el curso de la historia
contemporánea". Se refiere a la caravana zapatista que repitió simbólicamente el
camino que, en 1914, Emiliano Zapata y sus insurgentes hicieron a pie desde el sur de
México hasta la capital federal para juntarse con Pancho Villa, que venía del norte.
Aquellos eran tiempos tumultuosos y esperanzados que, por desgracia, terminaron en agua de
borrajas. La subida al poder del Partido Revolucionario Institucional (PRI), al igual que
la caída del Palacio de Invierno a manos de los bolcheviques, la larga marcha de Mao o la
insurrección en la Sierra Maestra cubana, dieron lugar a regímenes que se fueron
pudriendo poco a poco en su propia descomposición, pues a pesar de las indiscutibles
reformas sociales que llevaron a cabo, terminaron sometidos a una nueva burguesía de
Estado, cuyo mayor interés, al cabo de los años, fue o sigue siendo perpetuar sus
privilegios de clase.
Tras la caída del muro de Berlín en 1989 y el finiquito del hasta entonces mal llamado
"bloque comunista" -nunca lo fue-, hemos asistido al advenimiento de eso tan
posmoderno que denominamos pensamiento único, es decir, a la ideología consistente en
considerar que el planeta Tierra es un objeto comercializable, caiga quien caiga.
La izquierda occidental ha soportado mal el terremoto. Reducidos los viejos partidos
comunistas a una mera presencia testimonial en nuestras democracias burguesas, el
socialismo heredó la apelación de origen "izquierda", pero no nos engañemos,
los socialistas actuales se parecen tanto a los de Pablo Iglesias o Léon Blum como los
dinosaurios de Steven Spielberg a aquellos que retozaban en las praderas de la
prehistoria: son la realidad virtual contrapuesta a la realidad real. Su hoja de servicios
en el poder es lamentable: González cayó víctima de la corrupción, Mitterrand no dudó
en utilizar el terrorismo contra Greenpeace y Tony Blair acude como un perrito a
bombardear niños iraquíes cuando se lo ordena el generalísimo del imperio. Son -el
apelativo popular es casi un insulto- "políticos". Ya no buscan cambiar el
curso de la historia, se conforman con un lugar en el banquete del mundo.
El último decenio ha sido testigo de una carrera despiadada entre compañías
multinacionales que se compraban unas a otras con el fin de lograr un predominio en el
mercado planetario, alcanzando en el camino tal poder que los políticos tradicionales
quedaron reducidos a marionetas de guiñol, cuyos hilos están controlados por un nuevo
capitalismo globalizador, sin fronteras ni nacionalidad, capaz de crear más miseria en el
Tercer Mundo que ningún otro imperio. Mientras tanto, el "fin de la historia"
de Francis Fukuyama ha coincidido con la propagación clónica de dudosos jefes de Estado
o de gobierno, que hacen gárgaras cada mañana con la palabra democracia, verdadero
fetiche lingüístico neoliberal que oculta algo más siniestro: a los ciudadanos, tal
como señala Chomsky, lo único que se les permite es "acudir a las urnas y
seleccionar a un representante del mundo empresarial". Son espectadores, no
participantes.
El amo del mundo es hoy el capital globalizador, apátrida e invisible. El Ejército
Zapatista de Liberación Nacional se opone a dicho estado de cosas, pero al contrario que
el comandante Che Guevara, que se enfrentó a su adversario en el campo de batalla y
murió en el intento, el subcomandante Marcos -portavoz del EZLN- ha aprendido las
lecciones del pasado: cualquier guerra "normal" entre dos ejércitos cuya
relación de fuerzas es desproporcionada la pierde sin remedio el más débil. Por eso,
Marcos adopta una nueva forma de lucha, hasta ahora inédita, la de la retórica. Sus
hermosas contorsiones verbales ("muchas lenguas autóctonas mexicanas son ricamente
metafóricas", me cuenta un amigo de allí, "y eso se nota cuando hablan
castilla") proclaman verdades como puños. "El poder es un lugar vacío",
dice Marcos, pues ni una sola de las marionetas que hoy sientan sus posaderas sobre los
bancos de cualquier parlamento -ni siquiera el de los Estados Unidos- tiene el menor
control de lo que ocurre en su territorio cuando se trata de asuntos de auténtica
importancia. La capacidad de análisis político de Marcos es ya legendaria (véase el
texto castellano de su ensayo "La derecha intelectual y el fascismo liberal" en
Le Monde Diplomatique o su reciente entrevista aparecida en el semanario mexicano Proceso.
Es fácil comprender por qué los zapatistas despiertan simpatía: exigen poca cosa, sólo
dignidad y el control autónomo de la tierra donde viven. No se definen como
revolucionarios, sino como rebeldes sociales. Habla Marcos: "El revolucionario se
plantea: tomo el poder y desde arriba transformo las cosas. El rebelde social
organiza a las masas y desde abajo va transformando sin tener que plantearse la cuestión
de la toma del poder." Son tan atípicos que el capital globalizador está
desconcertado. ¿Cómo bombardear sin perder la cara a alguien que, de entrada, renuncia
al único argumento que la OTAN podría utilizar para machacarlos humanitariamente?
Por el momento, la guerra sucia contra ellos se limita a una campaña de desprestigio por
parte de algunos intelectuales del otro bando, tal como los lectores de EL PAÍS pudieron
ver el pasado 8 de marzo (Nueve inexactitudes sobre la cuestión
indígena, de Enrique
Krauze). Además, mucha gente honrada tiene miedo de las capuchas y del fusil automático,
y no les falta razón, lo cual es un lastre que el EZLN deberá largar. Un amigo
colombiano me confesó hace poco sus recelos por correo electrónico: "Ojalá el
subcomandante Marcos muestre más sindéresis que nuestros Jojoyes y Marulandas y al
negociar entienda que debe dejar las armas". ¿Qué responde Marcos a objeciones como
ésta? Escuchémoslo: "Definitivamente, un militar, me incluyo entre ellos, es un
hombre absurdo e irracional, porque tiene la capacidad de recurrir a la violencia para
convencer. Lo que le estamos diciendo a Fox, y sobre todo al Congreso de la Unión,
es justamente que nos ayuden a perder. Si nosotros tenemos éxito en esta movilización
pacífica, ¿qué sentido tienen las armas para el EZLN o los movimientos armados?".
Por su parte, el presidente es una marioneta estándar que guía sus acciones de acuerdo
con la imagen y los sondeos, debilidad que lo convierte en presa fácil del astuto Marcos,
que le gana de calle todos los pulsos. Un ejemplo: Fox trató de neutralizar a los
zapatistas afirmando que él también quiere la paz e invitándolos a la residencia
presidencial, algo que, de haberse concretado, lo habría hecho subir en el termómetro de
la popularidad. Pero, ¿qué significa eso de que también quiere la paz? Nada, pura
verborrea, y Marcos lo sabe, pues Clinton, Bush, Sharon, Solana y otros del mismo jaez
también "querían la paz", pero hicieron la guerra. Negociar es encontrar
soluciones, no salir en la televisión y, por eso, declinó la oferta.
Fox fue director en México de la compañía Coca-Cola y, con un pasado así, le
resultará difícil considerar que su país es algo más que una empresa comercial.
Chiapas -un lugar empobrecido pero rico en recursos naturales- es el nuevo objeto del
deseo de los inversores del capital globalizador. El Proyecto Puebla-Panamá, que pretende
desarrollar el sur nacional según el clásico estilo capitalista, ha sido ya equiparado
por Marcos con los estragos causados por la conquista española.
¿Cómo conciliar el justo sueño de tierra y libertad que tienen los indígenas con el
deseo de rápidos beneficios económicos de un enemigo -el capitalismo
globalizador- que
posee el arsenal armamentista más poderoso de la historia de la humanidad? La solución,
de existir, no se halla -ni se halló nunca- en la lucha armada, sino en la original
campaña político-mediática de los zapatistas. Las represiones sangrientas de Praga, de
Tiannamen o de la propia Plaza de las Tres Culturas en la capital federal están en el
horizonte del recuerdo, ése será el peligro a sortear. Pero una cosa es cierta: si el
porvenir de los desheredados parece hoy menos imposible que ayer, si algún día llegan a
crear una globalización popular -verdaderamente democrática y pacífica- de signo
contrario a la de las compañías multinacionales, se deberá en buena parte a la praxis
de un joven intelectual mexicano que hace años decidió abandonar las estériles
polémicas de café y echarse al monte como en los tiempos heroicos de la izquierda
antigua, pero con el arma inusitada de un ordenador portátil bajo el brazo y una idea muy
clara de lo que es el simulacro retórico de los poderosos, simulacro que esperaba
desactivar, combatir y vencer con la palabra.
Las espadas, al igual que en el célebre episodio de Don Quijote contra el vizcaíno,
están en alto y el desenlace del duelo es más que incierto para los
zapatistas. Muchos
españoles apoyamos esta causa. Su derrota sería la nuestra, su victoria también. Por el
momento, nos queda en la retina la ruidosa entrada en el Zócalo del EZLN el 11 de marzo,
cuando la Ciudad de México, como ha dicho José Saramago, fue la capital del mundo.


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