El
cantor anacrónico
MANUEL TALENS
A Eduardo Lucas y a los Antonios,
en memoria del amigo que se nos fue.
Umberto
Eco, en sus Apostillas a «El nombre de la rosa», explica que las
vanguardias históricas ajustaron las cuentas con el pasado –la
modernidad– mediante un ataque frontal que buscaba su aniquilación. El
cubismo en pintura, los collages en literatura, el atonalismo en música,
son ejemplos típicos de dichas corrientes que pretendían empezar un
nuevo arte desde cero. Pero las vanguardias llegaron a un punto evolutivo
en que, enfrentadas a la página en blanco o a la ausencia total de melodía,
no pudieron prolongar más lejos su venganza contra la modernidad, y de ahí
surgió lo que para Eco es la respuesta posmoderna: «...puesto que el
pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio–, lo
que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad.»
Me
temo que estas líneas del semiótico italiano han envejecido en cuestión
de quince años, y ello a causa del papel todopoderoso que la tecnología
ha logrado en nuestro mundo. Hoy ya no es necesario destruir la modernidad
que nació con el Renacimiento, basta con ignorarla, y la «realidad
virtual» está para eso: una de las características más indiscutibles
de este fin de milenio es la confusión cada vez mayor entre esos dos añejos
conceptos ilustrados –modernos– que llamamos verdad y mentira, confusión
que, para algunos, define a la posmodernidad. No en vano el francés Jean
Baudrillard, uno de los «pensadores» más en boga de esta corriente, se
atrevió en 1991 a escribir un artículo, después de que Estados Unidos
machacaran Irak, que tituló La guerre du Golfe n’a pas eu lieu
[La Guerra del Golfo no ha tenido lugar]. De dicho panfleto, publicado en
Libération, se desprendía lo que sigue: puesto que al ciudadano actual
–carente de posibilidades críticas, conceptuales o éticas a causa de
la desinformación ambiental– le resulta imposible distinguir qué es
realidad y qué invención entre la enorme masa de novedades audiovisuales
con que es abrumado a diario, los conceptos de verdad y de mentira son ya
algo obsoleto. Las noticias, los acontecimientos del mundo, están
tergiversados o son imposibles de verificar y, por lo tanto, son
relativos, intercambiables y, en todo caso, remotos. De ahí que, para
Baudrillard, la Guerra del Golfo pueda entrar perfectamente en la categoría
de las muchas ficciones que nos ofrece la vida cotidiana: el cine, la
literatura, la historia oficial, el circo de los debates parlamentarios,
los noticieros televisivos, los reality shows, los videojuegos,
etc.
Subrepticiamente,
con guante blanco y de forma insidiosa, la tecnología nos ha conducido de
lleno al reino de la falacia. Por eso, lo posmoderno no es tanto la mirada
irónica hacia el pasado, como creía Eco –el pasado no está de moda,
no vende–, cuanto el abismo que se ha abierto entre lo que sucede y lo
que nos dicen que ha sucedido.
La
verdad, si embargo, sigue existiendo –mal que le pese a Baudrillard–,
aunque todos cerremos los ojos a la realidad y vivamos inmersos y felices
en dicho paraíso de apariencias. Pero centrémonos en el mundo de la música.
Hace
un par de años asistí a una conferencia que trataba del carácter
comunitario del pop art y de la inclusión de las máquinas y la
tecnología en la manufactura de las obras de arte actuales. En ella salió
a relucir el filósofo alemán Walter Benjamin y su célebre ensayo de
1930 La obra de arte en la era de su reproducción técnica. Ya al
final, durante el coloquio que vino a continuación, la lúcida pregunta
que hizo un estudiante despertó en mi memoria una anécdota que me refirió
hace varios años un amigo mío, que ejercía de segundo violinista en una
prestigiosa orquesta de América del Norte.
Sucedió
durante la grabación en Londres de un disco que el conjunto orquestal tenía
contratado. Era ya muy tarde y, al terminar la ejecución de un concierto
que después aparecería a la venta en CD, los músicos empezaron a
abandonar el estudio para dirigirse al hotel. De repente, se oyó la voz
en off del ingeniero de sonido:
–Quisiera
hacer otra toma del segundo movimiento –dijo–. Por favor, quédense y
vuelvan a tocarlo.
Situados
de nuevo en sus puestos, acataron obedientemente la orden bajo la batuta
del director, un ampuloso figurón de la comparsa artística mundial con
muchos premios internacionales en su haber, quien, tras la última nota,
hizo un ademán aprobatorio.
–Ha
quedado perfecto –afirmó.
Sus
palabras aún resonaban en el aire cuando la voz anónima y contrariada
del ingeniero volvió a escucharse:
–¿Dónde
diablos están los oboes? ¿Por qué no han permanecido en el estudio?
Valga
este ejemplo verídico para ilustrar las dos reflexiones que pretendo
exponer en las líneas que siguen, a saber: el valor relativo cada vez más
limitado del intérprete o del director de orquesta en la confección de
cualquier producto discográfico posmoderno y la posición desplazada en
el panorama operístico actual de un cantante que escogió resistir frente
a esa tendencia. Me refiero al tenor español Alfredo Kraus, recientemente
fallecido [1].
El
increíble desarrollo de las tecnologías audiovisuales, capaces de
mezclar, distorsionar, cortar y añadir imágenes y sonidos de manera tan
primorosa que tales alteraciones resulten imperceptibles para el ojo o el
oído humanos –es el caso, por ejemplo, de Tom Hanks «actuando» con el
presidente Johnson en Forrest Gump–, ha tirado de esa manta mitológica
que, desde hace siglos, cubre el artificio que llamamos arte, poniendo de
manifiesto la tenue barrera existente entre la obra única y distintiva,
considerada inmortal por los popes de la cultura, y la pieza compuesta y
reproducida en serie mediante máquinas electrónicas capaces de suplantar
con ventaja al artista creador.
La
estadounidense Hillel Schwartz, en su reciente libro The Culture of the
Copy [2], recordaba que el pianista canadiense Glenn Gould abandonó
los conciertos públicos en 1964 para recluirse como un anacoreta y
expresar su arte a partir de entonces por medio de los discos. Gould
–que además de ser uno de los intérpretes más destacados y brillantes
de este siglo demostró con aquel gesto su coherencia y su capacidad de
vislumbrar el futuro– afirmó en apoyo de tal decisión que el público
en directo convertía la música clásica interpretada durante un
concierto en algo desprovisto de autenticidad, tanto para el oyente, cuyos
sentimientos se veían despertados o alterados por quienes asistían al
concierto a su alrededor, como para el músico, cuya interpretación sufría
invariablemente los efectos de la «vivacidad» o de la «frialdad» de la
sala. Con los discos, por el contrario, cada persona podía convertirse en
un colaborador electrónico, manipulando botones hasta lograr un sonido
satisfactorio de obras igualmente grabadas por músicos aconchabados con
micrófonos y con ingenieros de sonido.
Jenaro
Talens, en su trabajo Escritura contra simulacro [3], señalaba el
hecho de que fue en el entorno del rock –entorno que domina y avasalla
el mundo de la industria discográfica a causa de sus cifras–, donde a
finales de aquella misma década, la de los sesenta, se invirtió de
manera definitiva el referente con el que los devotos posmodernos de la música
se enfrentan hoy a la obra grabada. En efecto, mientras hasta entonces el
rock en disco reproducía lo que supuestamente era la interpretación real
–la actuación en directo–, a partir del célebre St. Pepper’s
Lonely Hearts Club Band de los Beatles (1 de junio de 1967), que fue
concebido en estudio utilizando la parafernalia más puntera de la época
y cuya puesta a la venta coincidió con la retirada definitiva del grupo
del circuito live, ese objeto musical que llamamos disco –creado
y procesado con la ayuda de aparatos– se convirtió rápidamente en el
ideal inalcanzable que todo artista de la música debe tratar de conseguir
en escena. Ahora se han cambiado las tornas, la vida trata de imitar al
simulacro y tanto mejor es considerado un intérprete cuanto más se
asemeja a sus grabaciones.
Parece
ayer y, sin embargo, en estos treinta años las cosas han evolucionado con
tal celeridad que el público consumidor de productos musicales
manufacturados, en su gran mayoría –hablo en términos de porcentajes,
ya que siempre quedan puristas– suele hoy aceptar con desgana las
primitivas canções praieiras de Dorival Caymni, las siguiriyas de
la Niña de los Peines, las chacareras primitivas de Gardel y Razzano, las
arias de Rosa Ponselle o las sinfonías de la Berliner Philarmoniker
dirigida por Wilhelm Furtwängler, a causa del ruido que las acompaña y
de las lacras no disimuladas que contienen. Lejanos están los tiempos en
que el artista llegaba al estudio de grabación y, a la manera del famoso
exabrupto de Louis Armstrong –«ahí va eso, Rey»–, interpretaba su
acto en una sola toma y se volvía a casa. Lo que actualmente oímos en
disco es tan falso –y aclaro que utilizo esta palabra en sentido técnico,
no moral– como puedan serlo los discursos retóricos de cualquier político
en busca de votos. Al igual que dice el proverbio, todo parecido con la
realidad es pura coincidencia. Los ingenieros de sonido han perfeccionado
sus herramientas: el siseo, las toses, los fallos, no existen. Las
estrofas musicales son grabadas a pedazos –que pueden durar fracciones
de segundo– y luego pegadas, con frecuencia en países diferentes por
artistas que ni siquiera se conocen o por vivos con muertos (Natalie Cole
a dúo con su padre Nat King Cole) y, en nuestros días, ya no es
imaginable encontrar una canción en el mercado como aquella Addio, mia
bella Napoli de Giuseppe Di Stefano, en donde el agudo final había
sido tan burdamente añadido que resultaba irrisorio.
Hogaño
el simulacro es total. Corre entre los aficionados a la ópera el rumor de
que uno de los tenores más cotizados de la actualidad –enormemente mediático
en la placidez de la fama–, tras innumerables intentos fallidos de dar
un do de pecho durante la puesta a punto de cierto disco conmemorativo olímpico,
hizo llegar la nota grabada en cinta audio a la multinacional discográfica
varios meses después. Ninguno de los compradores del CD resultante, al
escucharlo, sería capaz de apreciar la impostura. Ni falta que les hace,
añado yo, sobre todo si resulta verdadera la reciente noticia de que, en
poco tiempo, será posible «construir» de principio a fin –mediante
ordenador, sin la intervención del artista o del personaje– nuevas
arias, nuevos discursos, nuevas proezas de la voz, «uniendo» entre sí
notas o sílabas individuales obtenidas de grabaciones anteriores. Que
nadie se extrañe, pues, si un día no lejano Enrico Caruso canta El
porompompero o si la dicción aflautada de Franco hace una defensa
ardorosa de comunistas, judíos y masones...
¿Es
esto bueno o malo?
La
pregunta está viciada de raíz, pues el goce del arte es estético y no
ético y, así, al amante posmoderno de la música en lata no le interesa
si Eric Clapton sabe leer un pentagrama, si eran los Monkees quienes en
verdad tocaban sus instrumentos, si José Carreras ha perdido
irremediablemente los registros agudos de la voz o si el grunge que
suena en la discoteca es un producto absoluto de laboratorio, puesto que
el resultado digital que compra en la tienda es, a todas luces, una
maravilla. En la época de la realidad virtual, ¿a quién le importa la
autenticidad?
La
tecnología ha democratizado el disfrute de la música, que ya nunca más
será privilegio de los ricos. Congratulémonos de esto, pero sin la
inocencia del Candide volteriano, pues quizá vaya siendo hora de aceptar
que, en Occidente, el arte audiovisual es un bien de consumo manipulador y
manipulable con el que trafican diestros mercaderes y, el artista, a
menudo una entelequia de poco interés, artificialmente inflada y
convertida en mito a golpe de publicidad en el nombre sacrosanto del
ingenio, de la gloria... y de la plusvalía. Al respecto, no deja de ser
innovadora la posición adoptada por Keith Richards, el guitarrista de los
Rolling Stones, quien cada vez que algún gacetillero de fanzine le
pregunta al borde del orgasmo si el nuevo disco que están grabando
cambiará el universo del rock, responde que únicamente va a
proporcionarles un montón de millones de dólares. Al menos tiene las
ideas claras.
¿Y
qué papel jugó un cantante como Alfredo Kraus en este carnaval discográfico
del arte-como-ejemplo-de-superchería? Durante todo el año 1996, los
medios españoles nos recordaron con exuberancia que, a lo largo de ocho
lustros en la escena, Kraus no había suspendido ni una actuación (con
posterioridad lo hizo, pero debido a desgracias familiares), que era el
intérprete clave para los verdaderos aficionados (¿acaso existen
aficionados falsos?) y que su permanencia en primer plano era un prodigio
de longevidad.
Estos
detalles, sin embargo, son sólo historietas faranduleras muy en el tono light
de la época actual, seguramente dignas de elogio pero desechables a la
hora de estudiar la valía de un artista, que debe medirse únicamente por
su obra y no por su envoltorio vital. Para mi análisis, la verdadera
importancia del tenor palmense radica en que fue la excepción que
confirma la regla, porque su paradigma referencial seguía siendo la voz
en directo, con lo cual puso en entredicho el principio posmoderno del
disco como fábula. Un do y un re salidos de sus labios eran siempre un do
y un re, ya fuese en el Teatro Colón, en el Liceo, en el Covent Garden o
en el equipo acústico barato de la sala de estar, sin ingenieros de
sonido ni procesadores de por medio, pues sus cuerdas vocales se
comportaban como un auténtico ordenador, siempre perfectas y fiables y al
abrigo de virus biológicos o cibernéticos. Con un pie en el pasado
elitista y otro en el presente popular, ofreció a su público lo mejor de
los dos mundos: daba exactamente lo mismo escucharlo en directo que en CD.
Kraus y la imagen sonora de Kraus eran iguales. Sus adversarios del
negocio escénico lo tachaban de frío, de lejano; lo acusaron de situarse
por encima del bien y del mal, de tener un timbre metalizado y menos
hermoso que Jaime Aragall; lo miraban con displicencia por no ser un
superstar hollywoodense de campo de fútbol al estilo de «los tres
tenores»; adujeron que defendía a ultranza la virginidad de un espectáculo
–la ópera– cuando ya han desaparecido las condiciones sociales que
permitieron su nacimiento; le reprocharon su aura antigua de divino, pero
nunca pudieron demostrar que bajó un medio tono en las partituras o que
maquilló una grabación al igual que tantos hacen.
Por
todo lo dicho, y dándole la vuelta a mi argumentación, afirmo que en el
día de hoy es intelectualmente engañoso evaluar a un artista de la voz
por sus grabaciones digitales... salvo a Kraus. En cierto modo, y desde
una perspectiva materialista, podría decirse que el suyo fue un esfuerzo
malgastado, pues en nuestro presente finisecular la tecnología hace
innecesaria tanta excelencia. Parece increíble, pero cuando tenores mucho
más jóvenes empezaban abiertamente a flaquear –a Pavarotti se le
escapan gallos cada dos por tres, Carreras vive de su renombre anterior y
Domingo se pasa a la ópera alemana, que no exige florituras en los
agudos–, Alfredo Kraus siguió editando arias –que luego calcaba en
directo, como si nada– en las que llega una y otra vez al re natural con
una facilidad inconcebible. Y así, ya septuagenario y en la recta final
de la vida, sólo vislumbró en su entorno un competidor que diera la
talla: el Kraus inicial, cuyas grabaciones piratas, obtenidas
fraudulentamente por los roadies de entonces en los patios de
butacas del mundo –y, debido a eso, imposibles de alterar– circulan
hoy en versión CD para asombro de entendidos y profanos: I Pescatori
di Perle de la RAI (1960), con la más prodigiosa Mi par d’udir
ancora que se recuerde; La Sonnambula de Venecia (1961); I
Puritani de Módena (1962); La Favorita de Buenos Aires (1967),
el Werther de La Scala (1976)...
A
punto de morir su fraseo era todavía más puro que en los comienzos de su
carrera. Lo venció la enfermedad, no la vida, el ocaso no existió para
él: domeñó el fluir del tiempo, que a otros desmorona, madurando en
estilo y en redondez vocal. Imperturbable en su atalaya y sin modificar la
trayectoria estética que se había trazado, contempló desdeñoso la
avalancha mistificadora de la tecnología, a la que utilizó con el único
fin de legarnos la herencia exacta de su voz –pues la verdad, principio
kantiano fundamental de la era ilustrada, sigue existiendo–, no un
sonido de ficción, y despreció la efímera gloria de tantos artistas
dudosos encumbrados a fuerza de publicidad.
Debido
a las razones
expuestas, cuando pasen los años y todos nosotros hayamos desaparecido,
los musicómanos del futuro recordarán a Kraus como un tenore di
grazia digno de aquellos periodos –anteriores a la posmodernidad–
en que florecían virtuosos del calibre de Aureliano Pertile, de Dino
Borgioli o de Tito Schipa, y dirán sin duda que fue un cantor anacrónico
por ejercer su oficio «a la antigua usanza» en el último jirón del
siglo XX, el tiempo en que las máquinas lograron la exquisitez absoluta
del simulacro en el arte audiovisual.
[1] Alfredo Kraus falleció en Madrid el 10 de septiembre de 1999, tras una
breve y fulminante enfermedad.
[2] En castellano, La cultura de la copia, Cátedra, Madrid 1998 (traducción de Manuel
Talens).
[3] Eutopías, 2ª época, nº 56, Episteme, Valencia 1994.
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