El don de la ebriedad narrativa
Leopoldo Sánchez Torre
Manuel Talens
La parábola de Carmen la Reina
Cátedra-Versal*, Madrid, 1992
Imagínense que de pronto abren las páginas de un libro y se encuentran con un volcán en
erupción: eso es La parábola de Carmen la Reina, la primera novela del granadino Manuel
Talens. La lava arrastra un sinfín de personajes, cada uno con su propia historia, pero
todas entrelazadas por el hilo común que trenza el espacio en que se desarrollan los
acontecimientos, un pueblo alpujarreño; la novela adopta la forma la crónica de «las
calamidades que sucedieron en Artefa», pero es una crónica que se quiere singular,
compilada «en desorden», referida en forma epistolar (que representa, creo, el recurso
más débil de los desplegados, pues no acaba de cuajar, no acaba de percibirse su
necesidad), lo que otorga, a la vez, al relato una estructura secuencial.
Crónica singular, además, porque el sucederse conduce a la parábola final, que da
título a la obra y constituye un lazo de unión más de episodios que, de otro modo,
parecerían inconexos. No desvelaré la configuración total de la parábola, pero quizá
sirva para excitar su curiosidad el saber que Carmen Botines, la Reina, es hija de María
(quien, tras «la anunciación» de su primo Gabriel, espera a José con la alegría de
«haber sido elegida entre todas las mujeres», y, al mirarse al espejo, «se encontró
llena de gracia»); en el dije que lleva colgado al cuello se lee la siguiente
inscripción en hebreo: «Ahora todo es tristeza, pero vendrá el momento en que una reina
derramará su sangre por nosotros, y siete años más tarde llegará el día del
talión». Carmen muere en noviembre de 1910. Ya saben.
Las evocaciones bíblicas, resueltas generalmente de un modo paródico, son constantes en
la novela. Sorprenden por su eficacia narrativa, pero sorprende sobre todo la capacidad
del autor para traerlas en el momento adecuado, para el personaje y las acciones
adecuadas. Y consiguen, por regla general, cuando no se cae en el chiste fácil, el efecto
buscado: La parábola
es una novela divertida, el novelista ha sabido encontrar un
registro humorístico todopoderoso, que se impone al conjunto y que constituye, en su
omnipresencia, uno de los rasgos más sobresalientes del relato. La combinación, por otro
lado, del humor con el sexo y lo escatológico, que en ocasiones puede resultar chabacano,
da origen, generalmente, a escenas de una fuerza arrolladora. Tengo la impresión de que
este humor, por las zonas a que se dirige, apartará a algún lector de la novela (quizá
los mismos que reprochen al autor la complacencia excesiva en el uso de juramentos y otras
lindezas del idioma, usado, sin embargo, con gran fluidez expresiva), y servirá a algún
crítico para descalificarla. Y es que todavía hay quienes piensan que lo divertido es
incompatible con la buena literatura. Que venga Cervantes y lo vea.
A los logros citados habría que añadir la singularidad de algunos personajes. Son
decenas los que desfilan ante nosotros, y llama la atención la habilidad de Talens para
hacer, de los personajes secundarios y de las acciones aparentemente de relleno,
caracteres y pasajes memorables, células autónomas y a la vez dependientes que nos
cautivan por esa su misma tensión entre lo necesario y lo superfluo. Algunos de esos
personajes poseen la peculiaridad de construirse, a manera de guiño, como un enlace entre
el mundo de la ficción y el del exterior de la novela; me refiero a la presencia, por
ejemplo, de un tabernero «murciano de orca, un poco poeta, que se llamaba Federico
García»; de un súbito acompañante de Moisés Botines tras su intervención en la
guerra de la Independencia, que «lucía encima de los labios un espeso bigote de puntas
enroscadas, que se va para las Canarias y que dice llamarse Benito Pérez; y tantos otros
(no se pierda el lector la divertidísima secuencia 47, verdadera pieza de antología,
donde conviven un inquisidor llamado Pepe Carvalho, un anatomista italiano de apellido
Risonanti y de nombre Umberto autor, entre otros, del tratado Come si fa una
autopsia di laurea-, y el nuevo confesor de Pío VI, «un prelado eslavo del norte de
Europa (
), que tenía aspiraciones secretas y el labio hecho una desgracia a causa
de unas pupas que le habían salido al llegar al Vaticano, ya que no se le ocurrió otra
cosa que pesar el empedrado de la corte pontificia cuando se bajó del carromato».
La parábola
es, volvamos al principio para llegar al final, un volcán narrativo;
el cúmulo de personajes y acciones nos hace participar inmediatamente de la ebriedad
narrativa de su autor. Pero no queda resaca. O queda, mejor dicho, esa resaca que sigue a
las buenas juergas, que se mezcla con recuerdos agradables, agradabilísimos, y que nos
invita a probar de nuevo, a volver a la fiesta, aunque nos cueste otro dolor de cabeza. Y
es que hay aspirinas que es un pecado no provocar.
* La edición que cita el artículo se encuentra agotada.
Actualmente, La parábola de Carmen la Reina está editada por
Tusquets Editores.
|