La parábola de Carmen la Reina
Ricardo Senabre
Manuel Talens
La parábola de Carmen la Reina
*Cátedra-Versal, Madrid, 1992, 336 páginas, 1.810 pesetas
AUNQUE nada permitiría sospecharlo, esta es la primera novela del escritor Manuel Talens
(Granada, 1948). Lo cierto es que resulta insólito tropezar con una primera novela que,
además de ambición, encierre tan elevadas proporciones de complejidad, de hondura y de
talento narrativo. Más de medio centenar de personajes desfilan por estas páginas, que
abarcan aproximadamente un siglo de vida española concentrada en el imaginario pueblo de
Artefa, en el corazón de las Alpujarras granadinas. Desde la batalla de Bailén hasta los
lejanos ecos de la revolución bolchevique, multitud de acontecimientos sirven de fondo a
las acciones, las acompañan como en sordina o , llegan con su reflujo hasta los pueblos
alpujarreños, como sucede con los primeros brotes del anarquismo y las duras represiones
subsiguientes. Pero todo esto, contenido en ciento sesenta y nueve secuencias de
extensión desigual, es sólo una parte de la novela. En realidad, el tiempo se alarga
merced a la inclusión en la escritura de elementos ajenos al marco temporal, procedentes
sobre todo de la historia y de la literatura. Cuando el narrador describe las habilidades
infantiles de Carmen la Reina consigna: «Una vez compuso una historia con fragmentos
dispersos de todos los cuentos que habla escuchado en su vida, y el resultado fue tan
bonito que, al leerlo, las palabras le hablaban de otras palabras, y éstas a su vez le
mostraban caminos diferentes que antes nunca hubiese sospechado» (pág. 292). Se diría
que ésta es una de las claves compositivas de la novela. El texto va organizándose como
un tejido de otros muchos textos que se entrecruzan y son aquí repetidos, deformados,
parodiados e incorporados, con grados diversos de fidelidad a la escritura de la novela,
sugiriendo así que la creación se erige sobre una determinada historia, pero también
apropiándose de una dilatadísima tradición literaria. Hay préstamos de Clarín
(pág.
86), de Berceo (pág. 219), de Dante (pág. 113), de Garcilaso (pág. 229), de Lorca
(págs. 237, 250, 275, 282), del «Estebanillo González» -la anécdota del afeitado,
seguida tal vez demasiado a la letra en págs. 220 y 221-, de Cervantes
(pág. 299) y de
otros autores que sería imposible detallar aquí. Otras veces se opera mediante juegos
alusivos; así, «Juan de Espera en Dios Montoya se había casado en la arboleda perdida
del Puerto de Santa María» (pág. 199); o bien: «El tabernero era un murciano de
Lorca,
un poco poeta, que se llamaba Federico García», (pág. 171). De mayor calado son las
divertidas alusiones a las obras de Umberto Eco (págs. 111-113 y 196), apenas enmascarado
tras el nombre «Umberto Risonanti». Y cabría añadir la aparición fugaz del
revolucionario valenciano que dice «che» y se llama Ernesto Guevara (págs. 282-283), o
la , referencia a una crónica manuscrita «redactada por un tal Félix de
Azúa, escritor
desconocido en aquellos tiempos y que se haría famoso más de cien años después»
(pág. 196).
La parodia y la utilización desenfadada de textos ajenos incluye frases históricas -como
las de Millán Astray y Dolores Ibárruri en pág. 143-, remedos del estilo metafórico de
la literatura erótica y galante (págs. 214 y 215), transformaciones narrativas de coplas
populares, como la de los cuatro muleros (pág. 170), , desmembramientos de refranes al
modo barroco (pág. 274) y multitud de homenajes, más paródicos e intencionados que
irreverentes. De textos religiosos, sobre todo del Nuevo Testamento -véanse, entre otros
muchos casos, los de las páginas 218, 228, 256, 261, 264, 269 274´-, así como de
episodios muy conocidos como la adoración de los Reyes (pág. 191), la resurrección de
Lázaro (pág. 213) o la parábola del hijo pródigo (pág. 239). No faltan
incorporaciones de material procedente del folclore, tales como adivinanzas, coplas y
trabalenguas. En conjunto, la textura está formada por tal cantidad de hilos diferentes
que su armonización es ya un alarde creativo. La matriz constructiva, y también el
modelo estilístico fundamental, es sin duda «Cien años de soledad», cuyo peso,
perceptible de modo especial en las primeras secuencias gracias a los continuos y audaces
saltos temporales, disminuye poco a poco, a medida que el novelista se encuentra asentado
con mayor firmeza en su ámbito propio y el lector advierte que Macondo puede servir como
referencia lejana de Artefa, pero que la intención de Talens conduce su historia por
otros derroteros, muchos más relacionados con la historia que con el mito, aunque con las
dosis de ficción adecuadas para distanciarla de la crónica. Las historias fabulosas que
cuenta a sus nietos Eutimio Palazón tienen su correlato en las curaciones prodigiosas de
Jesús Cordero, o en hechos como el monumental estornudo de María Espinosa, que da lugar
al nacimiento de Carmen Botines (pág. 208). Talens alterna la narración de hechos
cotidianos con otros que bordean los límites de lo insólito y aun de lo inverosímil.
Una notable destreza estilística proporciona idéntica eficacia al desarrollo de tipos
estrafalarios y grotescos y a la narración de escenas atroces. La admirable variedad de
registros expresivos de que el autor hace gala permite la coexistencia de distintos
niveles idiomáticos desde las fórmulas rústicas hasta los términos del lenguaje culto,
desde los juramentos más hiperbólicos a la escueta y fría enumeración de tecnicismos
que reduce una escena escalofriante -la tremenda cuchillada descrita en la página 310- a
informe distante y objetivo, deliberadamente privado de patetismo.
La riqueza idiomática, la abundancia de textos ajenos -los llamados «intertextos»- que
se deslizan en la novela e incitan al rastreo y a la indagación, de igual modo que el
complejísimo y minucioso trenzado de las diversas acciones y la mezcla de planos
temporales, convertirán. muy pronto esta novela en pasto de estudios y análisis
variados. Los lectores que no se propongan ese objetivo recordarán, en cambio, una docena
de tipos y escenas inolvidables creados y mantenidos con un envidiable pulso de narrador:
el doctor Lucas Toledano y el delicadísimo y tardío amor de su vejez; Gabriel Porra y su
marcha rectilínea desde el anticlericalismo hasta la acción revolucionaria; la figura
conmovedora del párroco don Ramón Martínez, humano, demasiado humano; la noche de bodas
de María Espinosa y José Botines (págs. 214-215), de hondo aliento poético; la
historia de Petra Almodóvar, cuyo comportamiento sexual se convierte en símbolo de una
clase dominante y cuyo final espeluznante es también la traducción envilecida de una
utopía colectiva. (En el extremo opuesto, la muerte de Carmen la Reina confiere asimismo
al personaje un profundo valor simbólico). Y todavía cabe añadir la mención de Juan de
Espera en Dios Montoya, el gitano de los pulmones de pez, o el flechazo amoroso de Ángel
Espinosa y su boda a punta de navaja. Pero ni siquiera esta larga enumeración es
suficiente para dar idea cabal de la riqueza de personajes que encierra el libro. Se trata
de una novela para leer y releer; exige una atención demorada y la merece. Talens ha
creado un vasto mundo autónomo lleno de vida y con multitud de sentidos posibles: es el
signo de las narraciones perdurables.
Junto a todo esto, los deslices son mínimos. Acaso le sobre a la novela su configuración
como epístola, aunque creo entender los motivos de tal disposición. Y el despliegue
lingüístico ofrece pocos descuidos: una fórmula coloquial ponderativa
(pág. 19)
inexistente en la época de la historia; algún que otro neologismo innecesario
(«extinguimiento», pág. 134) y la reiterada construcción «misa de corpore insepulto»
(págs. 117, 243, 318). Pocos lunares al lado de los abundantes méritos que la novela
exhibe. Atención a Manuel Talens: tiene madera de sólido narrador.
* La edición que cita el artículo se encuentra agotada. Actualmente,
La parábola de Carmen la Reina está editada por
Tusquets Editories.
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