La parábola de Carmen la Reina
José Giménez Corbatón
Manuel Talens
La parábola de Carmen la Reina
Tusquets, Barcelona, 1999
Si el lector de la que fue primera novela de Manuel Talens -editada por Versal en 1992,
con escasa fortuna en su andadura, y recuperada ahora por Tusquets con mejor tipo de
letra-, se limitara a dejarse envolver por las docenas de jugosas historias que jalonan
más de un siglo de la existencia de Artefa, un pueblo imaginario ubicado en las
Alpujarras granadinas, disfrutaría sin duda con una de las narraciones más jocosas y
mejor urdidas de la década española que concluye. Pero ese mismo lector no debe pasar
por alto el perfecto armazón narrativo sobre el que, además, Talens ha levantado un
edificio literario complejo, construido mediante saltos atrás y adelante en el tiempo,
plagado de personajes, recursos y fuentes de inspiración muy variados, redactado con una
prosa bien trabajada, rica y fluida a la vez, sin conceder el más mínimo respiro a quien
queda seducido por sus casi cuatrocientas páginas.
Varias resultan ser, en efecto, las fuentes de lo popular donde bebe el novelista. Pero
destacan dos pivotes sobre los que reposa y bulle todo el artificio, cimientos que
constituyen otras tantas invenciones de un tipo que Talens acostumbra a cultivar con una
habilidad que pocos escritores poseen: me refiero al terreno de "lo apócrifo"
en su doble acepción, lo fabuloso o inventado, y lo falsificado. Quien conozca la otra
novela publicada por el autor en esta misma editorial, Hijos de Eva, sabrá de qué estoy
hablando.
El primero de esos ejes no es sino, una vez más, el manuscrito encontrado del
desaparecido segundo libro de la Poética aristotélica, aquél que, según los estudiosos
de la obra del filósofo, tuvo que tratar, con bastante probabilidad, del análisis de la
risa y del estudio de sus causas. Y digo "una vez más" porque ya Umberto Eco
basó en este volumen perdido su investigación sobre el nombre de la rosa. Talens recrea,
con humor, dicho precedente al evocar para el lector a un galeno italiano llamado Umberto
Risonanti quien, en 1774, hallara, en el estómago del cadáver momificado de un monje
benedictino, proveniente de una abadía medieval en los Apeninos, nada menos que las
páginas manuscritas del libro aristotélico extraviado. Páginas que, de manos de un
inquisidor, llegarán hasta las Alpujarras con el anatema de no ser leídas, y que
acabarán rescatando para la libertad, la vida y la risa, al cura que ha regido,
esclavizándolos, los destinos de los habitantes de Artefa durante más de sesenta años,
siempre al servicio de la oligarquía andaluza y del poder político en el que aquélla se
apoya. Y así Talens, glosando el manuscrito, nos define la propia poética de su novela:
"...El hombre es, de todos los animales, el único capaz de reír (...) De modo que
definiremos el tipo de acciones que la comedia imita, y después examinaremos los modos en
que la comedia suscita la risa, que son los hechos y la elocución. Mostraremos cómo el
ridículo de los hechos nace de la asimilación de lo mejor a lo peor, y viceversa, del
sorprender a través del engaño, de lo imposible y de la violación de las leyes de la
naturaleza, de lo inoportuno y lo inconsecuente, de la desvalorización de los personajes,
del uso de las pantomimas grotescas y vulgares, de lo inarmónico, de la selección de las
cosas menos dignas. Mostraremos después cómo el ridículo de la elocución nace de los
equívocos entre palabras similares para cosas distintas y distintas para cosas similares,
de la locuacidad y la reiteración, de los juegos de palabras, de los diminutivos, de los
errores de pronunciación y de los barbarismos..."
De todo esto hay en la novela de Talens. El escritor granadino utiliza la amplia gama de
registros de lo popular para vestir la historia de las gentes humildes andaluzas, porque
"el lenguaje no es nunca neutro y hasta el más inocente juego verbal lleva la marca
de su origen social". Así pues, elegir lo popular como materia literaria es un acto
de voluntad artística y política. Talens, como su personaje Carmen la Reina, a quien en
su juventud le gustaba escribir, compone "una historia con fragmentos dispersos de
todos los cuentos que ha(bía) escuchado en su vida". Todos esos cuentos,
distribuidos en 170 "capitulillos", como los llama el propio autor, conforman un
mosaico inagotable de recursos. Desde el chiste o el chascarrillo a la referencia
histórica real, pasando por la copla, la "cancioncilla libidinosa", el tango,
el refranero, la sentencia popular, el dictado fonético, la frase capicúa que puede ser
leída al revés letra a letra, o la cantinela infantil (el "unidoli" o la
"pizpirigaña"), entre otros. El acierto reside en el arte del escritor para
introducir todos esos elementos, a veces muy fragmentados, en el propio discurso
narrativo, de modo que en la mayoría de las ocasiones es éste el que conduce al dicho, a
la canción o al refrán, y no al contrario. Véase, por ejemplo, cómo una época de
prosperidad induce al duque de Artefa a atar a los perros del pueblo con longaniza, y
así,- añade Talens, "mira por donde la cosa pasó con los años al refranero
popular". En este mismo orden de cosas, no cabe acusar al novelista por el uso y
abuso de lo excrementicio, por sus presuntas salidas de tono escatológicas, como ya ha
dicho algún crítico, y creo que la razón es triple. En primer lugar, porque miseria y
mierda van unidas desde que el mundo es mundo y así será hasta que la pobreza sea
abolida; por otra parte, porque el humor popular es tan escotófilo como esos gusanos
cuyas larvas crecen entre excrementos; y en tercer lugar porque, como el propio narrador
afirma, más allá de la puerilidad de ciertas salidas de tono, lo que importa es la
capacidad para "inventar metáforas contundentes y llenas de gracejo" que
sacudan al lector. Talens, en definitiva, glosa con su escatología el propósito antes
citado de "seleccionar las cosas menos dignas" para convocar a la comedia y
provocar la risa.
Aplicando al pie de la letra el apócrifo mandato aristotélico, La parábola de Carmen la
Reina abunda también en engaños imposibles y anacrónicos referidos a la historia y a la
propia literatura: por sus páginas desfilan epígrafes, citas o simples alusiones a
Félix de Azúa, a García Lorca, al ya citado Umberto Eco (un "deificado
medievalista boloñés"), a Ernesto Guevara, al Pitas Pajas del Arcipreste de Hita, a
Pepe-Hillo, a Mario Moliner y Julia Casares (sic), o incluso a un poeta y editor catalán
llamado Antoni Munné. No es de extrañar que a uno de sus personajes, el anarquista
Gabriel Porra, se le atribuya el asesinato del General Prim, o que el General Castaños
pronuncie el mismo exabrupto militar que muchos años después hará famoso a Millán
Astray. La novela es una fiesta del humor y una compleja urdimbre de datos cruzados que
aspiran a reflejar la totalidad de una historia.
Porque de reflejar una historia se trata también, y así llego al segundo eje de la
construcción literaria. En plena batalla de Bailén, un voluntario de Artefa halla
enterrado un cofrecito que contiene un medallón en forma de tablas de la ley con una
inscripción hebraica. Se lo regalará a su mujer, la primera "Reina", y de este
modo llegará a manos de su bisnieta, la Carmen del título, la heroína ácrata que
pagará con su vida el querer extender la cultura por las Alpujarras. Dicha inscripción
reza así: "Ahora todo es tristeza, pero vendrá el momento en que una reina
derramará su sangre por nosotros, y siete años más tarde llegará la ley del
talión". La profecía posee un marcado cariz cristiano, y Talens siembra su novela
de referencias al Nuevo Testamento (y de algunas, escasas, al Antiguo), en particular en
lo que concierne a la vida de Carmen la Reina. Alusiones, desde luego, debidamente
alimentadas por el veneno deformador del autor. Pero es que, además, la joven anarquista
es inmolada en 1910, siete años antes de un "7 de noviembre del año 1917",
momento en que "las hordas libertadoras saltaron por encima de las barricadas al
compás de la séptima y última trompeta, avanzando victoriosas entre el humo opaco de
los cañones para entrar a saco en el Palacio de Invierno". '
En un largo periodo de tiempo, desde las postrimerías del siglo XVIII hasta 1910, año de
la muerte de Carmen la Reina, durante parte del cual el medallón permanece en posesión
de la familia Botines, discurre la crónica de Artefa, jalonada de claros y de oscuros,
siendo en definitiva la historia de cualquier pueblo explotado: asistimos a la
instalación del primer telégrafo o de la primera escuela, al primer viaje de novios de
Artefa, a los pucherazos electorales, a los sucesivos desengaños políticos juntas
populares con ocasión de la lucha contra las tropas napoleónicas, Primera República,
divisiones en el seno de la Primera Internacional, etc.-, al nacimiento de la primera
organización anarcosindicalista de las Alpujarras, o a la llegada de los primeros
guardias civiles como brutal fuerza represora de las clases humildes. Lo mágico irrumpe a
menudo en la historia, como un elemento deformador más de esa cruda realidad,
pretendiendo acentuar nuestra percepción de la misma antes que ocultarla: episodios como
el de la lluvia de mierda, la historia del Chirichi, las hazañas del gitano de los
pulmones de pez, el disparatado Cristo de las Cucarachas o algunos de los desconcertantes
embarazos de las artefeñas, están, a mi modo de ver, más cerca del esperpento ibérico
que del realismo mágico americano.
Pocos novelistas españoles poseen en la actualidad una sabiduría narrativa semejante.
Pocos son también los que construyen un universo literario propio al margen de cualquier
exigencia que no emane de su propio andamiaje. Esta nueva edición de La parábola de
Carmen la Reina repone en las librarías una novela que pasó desapercibida hace unos
años y, aunque pienso como Mateo Botines que "la justicia nunca viene del
cielo", hago votos para que algún milagro permita enmendar ahora aquel error de
crítica y de lectores.
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