El escritorio de Manuel Talens

 

La Parábola de Carmen la Reina. Tusquets Editores.Lecciones de historia. El sangriento siglo XIX español en la primera novela de Manuel Talens


Ignacio Echeverría

Manuel Talens
La parábola de Carmen la Reina
*Versal, Madrid, 1992
1.810 pesetas


"Dicen que han dicho que decían que hablan oído decir que alguien dijo que le dijeron". Así comienza el narrador de esta novela su prolijo y abigarrado relato de los hechos ocurridos en el alpujarreño pueblo de Artefa durante un largo periodo que abarca el transcurrir de cinco generaciones y que tiene como trasfondo la sangrienta algarabía del siglo XIX español. El atrevido encabalgamiento de las secuencias evocadas hace pensar, durante un primer trecho, que se trata aquí de una nueva versión del Cuento de la buena pipa, es decir, de una historia que se distrae interminablemente en sucesivas digresiones. Pero pronto se entrevé la firme urdimbre que subyace a las múltiples anécdotas, y todas juntas van orientándose en el sentido que conviene a la parábola diseñada por el autor.

Dicha parábola traza una curva vertiginosa para enlazar los dos extremas de una dicotomía que aparece sucintamente aludida en la cita de Carlos Fuentes que encabeza el libro: "El arte rescata la verdad de manos de las mentiras de la historia". Obviamente, el término problemático de este aserto consiste en la palabra "verdad", que respecto a su presunto contrario, la "historia", parece asimilarse aquí a la no por socorrida menos incontestable frase de Eclesiastés (citada en el texto): "Generación va y generación viene, pero la tierra siempre permanece". Lo cierto, sin embargo, es que a tan ecuánime conclusión se llega en esta novela con ánimo no demasiado resignado, dado que el autor proyecta a lo largo de la misma su propia lectura de la historia -vale decir, su propia verdad-, no exenta de algún maniqueísmo, y es fácil adivinar hacia qué lado se inclinan sus simpatías, manifiestas ya en su brindis preliminar a la memoria "de todos los durrutis anónimos que ofrecieron sus vidas por la causa, creyendo ingenuamente que la libertad era posible".

La fatalidad del poder

Podría aventurarse, así, que sobre la procelosa peripecia de esta novela actúan tres vectores de fuerzas dispares. En primer lugar, habría que mencionar una fuerte pulsión narrativa, una gozosa fruición por el cuento, que se endereza por medio de una tupida superposición de episodios, a la manera flagrante de Cien años de soledad. Luego está la perspectiva telúrica desde la que el autor contempla el apretado censo de sus personajes, el sentimiento de una humanidad hormigueante, zarandeada por las pasiones primarias del sexo y de la sangre, que sitúa a esta novela en el rastro de las más características de Cela. Y finalmente una determinada comprensión de la historia que se resuelve en una amarga lección sobre la fatalidad del poder y que alienta un rescoldo épico al que podría servir de referente no del todo inadecuado la vibrante saga de Novecento.

Tienta atribuir los defectos de esta novela a un desajuste entre las tendencias así apuntadas. Pues lo que viene a ocurrir es que el pulso del relato se traba con prolijidades excesivas, que las sucesivas viñetas narrativas derivan a menudo en estampas costumbristas, que los personajes responden con demasiada frecuencia a tipologías consabidas. La rasa perspectiva del narrador se deleita con regocijo en lo bronco, lo soez, lo escatológico, pero desde allí resbala peligrosamente hacia el chascarrillo; en tanto que su presunto descreimiento, solemnemente declarado al principio, no coincide con las muy varias e intencionadas tintas con que aparecen dibujadas sus criaturas. La mordacidad y la sátira, de las que el autor se suele servir eficazmente, se avienen mal con la legalidad que la propia novela propugna. Por otro lado, hay un aspecto que desenfoca y malea innecesariamente el relato entero: el hecho de que todo él se presente como una prolongada epístola (Epístola a Teófilo, se subtitula el libro). Este expediente sirve a Talens para justificar la intromisión, por parte del narrador, de enfáticas y suculentas apostillas, declaradas por lo común con una prosa paródica y arcaizante en la que menudean las resonancias bíblicas. Pero se trata de un recurso postizo, cuya vigencia en el texto es irregular, como irregular es también el estilizado tratamiento del lenguaje, que no siempre sostiene la exigente tensión a la que se le somete durante los primeros trancos del texto.

Tantos reparos, y de tan distinto orden, dicen mucho de la ambición que alienta esta novela y que en definitiva la sostiene. Pues a la negativa impresión que puedan suscitar así arracimados, debe oponerse el reconocimiento de unas dotes notables en lo que se ofrece como primera novela de su autor (que, por si fuera poco, es médico de profesión y reside en el extranjero). Tales dotes pueden calificarse de sorprendentes por lo que toca a la compleja construcción del relato, al control de unos abundantísimos materiales sólidamente trabados bajo la calculada apariencia de desbarajuste que propicia el gran número de personajes y el desorden temporal. Pero también la riqueza del lenguaje, la efervescencia imaginativa, el sentido del humor, la cordialidad, la cultura y el rigor de su empeño son elementos muy a tener en cuenta a la hora de fundar expectativas sobre un escritor que, ya desde su primer libro, revela múltiples capacidades y una encomiable autoexigencia.


* La edición que cita el artículo se encuentra agotada. Actualmente, La parábola de Carmen la Reina está editada por Tusquets Editores.

 

EL PAÍS, 31 de octubre de 1992

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