El escritorio de Manuel Talens

 

La Parábola de Carmen la Reina. Tusquets Editores.Novela Total
Santos Sanz Villanueva

La parábola de Carmen la Reina
Manuel Talens
Versal*, Madrid 1992


POCAS veces he hallado una primera novela que posea la fuerza verbal y la capacidad de recreación del mundo de La parábola de Carmen la Reina, de Manuel Talens. Desde su primera página traslada al lector a un ámbito bien poblado de numerosos y atractivos personajes que nos prenden por la sugestión de la palabra y por el interés de las cosas que se dicen y que se supone que van a suceder. Bastante después, porque la narración es amplia y caudalosa, desembocamos en una situación que remite a aquella primera, pero habiendo transcurrido un siglo entre ambas, y que nos devuelve como náufragos -así expresaba esa impresión Ortega y Gasset- a la vida corriente de nuestras cotidianas preocupaciones. Mientras tanto, hemos vivido la experiencia, literaria pero muy real, de los afanes individuales y colectivos durante una centuria en Artefa, un perdido pueblecito de la serranía alpujarreña.

Tiene en su arranque esta crónica de la vida decimonónica un cierto aire mítico a la manera de saga provinciana con acentos de un García Márquez. Pero, poco a poco, ese tratamiento que lleva los sucesos fuera de un espacio y un tiempo precisos, como si conociéramos algo con categoría atemporal, se va concretando con los rasgos de un detallismo documental y casi costumbrista que podría emparentar con un testimonio de raíz galdosiana. Dos inclinaciones en apariencia tan contrapuestas -mezcla peculiar de Macondo y Orbajosa, para entendernos- no producen desequilibrio alguno, sino que más bien se potencien para conseguir un valiosísimo efecto: unas estampas algo antiguas bañadas en el aura de un relato muy moderno que conjuga observación e invención.

Describe Talens las múltiples relaciones de unas cuantas familias y de algunos relevantes personajes de Artefa a lo largo de varias generaciones. Por su mediación se va reconstruyendo todo el complejo entramado de tensiones políticas e ideológicas de la época desde el conservadurismo semifeudal hasta el desarrollo de los movimientos libertarios pasando por el anticlericalismo contumaz. Pero ese cuadro de época no se monta sobre categorías abstractas o arquetípicas, sino que se van haciendo vida por medio de unos personajes palpitantes que, con sus odios y afectos, tejen la malla intrincada del existir. Esos abundantes personajes protagonizan además mil y un episodios que, sin ser extraordinarios, tienen una gran variedad y llegan a configurar una especie de épica de la cotidianeidad. Episodios de excelente invención que nos llevan y nos traen por los senderos de las pasiones más primitivas e imperecederas. Del egoísmo a la sublimación sentimental, todo el denso espectro del sentir humano se halla representado en la novela.

Está dotado Talens de la gracia de saber contar, de referir episodios que interesan en sí mismos, pero también de trascenderlos hasta una visión general de la vida. Al final de la obra, conocidas y disfrutadas tantas y tantas peripecias, se cierne la muerte (y no sólo porque vayamos viendo cómo desaparecen físicamente esos personajes con cuyas cuitas hemos convivido); surge un tono melancólico y la elegía de un tiempo ido campa por sus respetos. No fue una época envidiable, pero fue y algo así como la nostalgia de lo que se desvanece tiñe la narración. Las fibras afectivas entran de modo bastante franco y la emoción impregna todo el relato.

Esa buena disposición para contar y recrear personajes se acompaña de una infrecuente capacidad verbal. El estilo de Talens se basa en una frase amplia y elaborada que admite registros distintos: desde el decir culto a la expresión coloquial. Y esa prosa rica y jugosa se muestra tan propicia a la expresión de contenidos graves como al juego irónico, a la parábola o la hipérbole y el sarcasmo (por momentos, la novela es muy divertida y tiene situaciones felicísimas de desenfado, irreverencia y hasta provocación).

Unas vidas y sus cuitas recreadas con instinto de narrador y con mimo de escritor dan como resultado esta excelentísima primera novela, a la que pocos peros cabe ponerle. El más importante hubiera podido destrozar todo el libro si este viene de manos menos capaces, pero se queda en simple reparo. Me refiero al artificio gratuito de destinar la novela a manera de memorial dirigido a un tal Teófilo. Me parece una mala decisión, que se obvia por la gracia de lo referido. También me parece un poquito incontenida: habría ganado en densidad con un relato más sucinto, pues a veces da la impresión de una cierta prolijidad. Y, más que reserva, el libro me despierta la incertidumbre por el futuro de tan logrado autor: Talens ha buscado esa novela total que lo encierra todo, desde la física hasta la metafísica, desde la existencia más anodina hasta la literatura (a veces como explícito homenaje a obras maestras: tal el personaje que siente en la piel el vientre viscoso de un sapo o el que pasa las noches de claro en claro), y tendrá que luchar mucho para mantener en otros libros el alto nivel de éste. Cualquiera que sea su futuro, esta única entrega por ahora de Talens nos deja inmejorable recuerdo.

 


* La edición que cita el artículo se encuentra agotada. Actualmente, La parábola de Carmen la Reina está editada por Tusquets Editores.

 

Diario 16, Madrid, jueves 10 de diciembre de 1992

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