A contracorriente
José F. Ruiz Casanova
La parábola de Carmen la Reina
Manuel Talens
Versal/Cátedra*, Madrid
1992, 33ó páginas
A Manuel Talens (Granada, 1948), puede deberse el que todos filólogos, críticos y
lectores, reescribamos sobre los márgenes de esta su primera novela, La parábola de
Carmen la Reina, una nueva visión de la narrativa española de fin de siglo. Quizá esta
afirmación sea producto de la desmesura del crítico que ejerce de vidente, pero no será
el tiempo, sino las revisiones que de esta novela puedan hacerse las que hagan justicia y
den o quiten razón a lo dicho.
Talens crea una selva de referencias culturales que concentra, a modo de microcosmos, en
Artefa, pueblo imaginario de las Alpujarras granadinas, en un periodo que va desde los
años inmediatamente anteriores a la Guerra de la Independencia hasta la Revolución
bolchevique de 1917. Si a esto añadimos que la novela comienza con el mapa de la región
granadina y dos tablas genealógicas de los habitantes de Artefa, fácil será pensar en
cierto homenaje a Cien años de soledad; mas convendría, y cuanto antes mejor, poner esta
comparación en cuarentena.
La novela de Talens es un ejercicio puramente libresco, entendido esto de forma positiva,
ya que el autor concibe la obra como vehículo de transmisión y de re-conocimiento; y
así, tras prologar su obra con una cita de Carlos Fuentes ("El arte rescata la
verdad de manos de las mentiras de la historia"), todo el texto está pensado para
unos lectores, en momento alguno anónimos, a los que encomienda la tarea de desentrañar
las claves culturales, a veces culturalistas, otras, paródicas, que han de servir a quien
está al otro lado para colmar el vaso de su sabiduría personal.
La parábola... se presenta bajo el subtítulo de Epístola a Teófilo, técnica
cuestionable en un principio pero que sin duda contribuye al acercamiento entre el lector
y la novela y viceversa. Cabría diferenciar en este ejercicio libresco en el que se nos
atrapa dos niveles de actuación: uno, el propiamente literario, esto es, la técnica
narrativa utilizada, y dos, la constante utilización de las diversas tradiciones
culturales que conforman y explican al español actual.
Del primer nivel, la organización de la novela como una epístola dividida en 170
secuencias contribuye a determinar una estructura narrativa en la que un supuesto
narrador-testigo (o narradora) va dando fe de manera desordenada (la utilización del
flash-back y del flash-forward en función de los personajes es continua) de los
acontecimientos. Dicha estructura epistolar le plantea al lector un primer reto: leer una
novela en la que no existen más puntos y aparte que los que marcan los diálogos de los
personajes. Además del arte de la filigrana que Manuel Talens exhibe en cuanto a la
puntuación del texto, la cuidada selección léxica y la utilización de frases hechas y
refranes (no así del elemento verosímil que supondría la transcripción fonológica del
habla de los andaluces, desestimada por el novelista) van dando consistencia a un mundo en
el que la palabra es el fundamento real.
Por otro lado, y en lo que podría considerarse como un segundo nivel Manuel Talens
realiza un gran despliegue de medios en varios frentes: bíblico, histórico, literario y
de cultura popular. Haciendo buena la sentencia de Mateo Botines, uno de sus personajes,
según la cual "la literatura no sirve para nada si uno se dedica solamente a
leer", el autor disemina todo un laberinto de referencias culturales que el lector
puede recomponer con paciencia y tesón, puesto que todas, o la mayoría, le explican. Y
de este modo, a las alusiones bíblicas, parodias de la Adoración, el Diluvio, la
Creación, o la Resurrección, se suman las históricas, explícitas o elididas a
Mendizábal, Espartero, Sagasta Dolores Ibárruri, Alfonso Guerra, Fraga, Millán
Astray, Marx, el Che, Cánovas y otros, en total convivencia más allá de los convencionales
límites impuestos por las coordenadas espacio-temporales.
En cuanto a lo literario, pasean por sus páginas Alfonso X, Juan Ruiz, San Juan,
Francisco Delicado, Umberto Eco, Santa Teresa de Jesús, Félix de Azúa, Bécquer, María
Moliner, Julio Casares, Lorca, Abelardo Linares y otra docena más de nombres que evito
enumerar. Obras como La Regenta, el Manifiesto Comunista, el Llanto por Ignacio Sánchez
Mejías o canciones de Bob Dylan también tienen cabida en este completo mundo que crece
al compás de nuestra propia historia. La cultura popular, ejemplificada mediante refranes
y frases hechas, también se lleva más allá de la simple tarea recopilatoria; Talens no
muestra empacho alguno en descifrarnos sus particulares etimologías en torno a la flauta
de Bartolo, el coño de la Bernarda o, incluso, de chistes como la lluvia de
mierda.
La complejidad y riqueza de esta primera novela requeriría requerirá- espacios de
análisis más amplios, pero no sería de justicia acabar este comentario sin citar dos
elementos más que, a mi juicio, dan unidad a todo lo que hasta ahora vengo diciendo: 1)
La protagonista también "compuso una historia con fragmentos dispersos de todos los
cuentos que había escuchado en su vida"; y 2) la simbología que encierran los
nombres de sus personajes, y que van desde la metáfora bíblica (Job Correa o Simón
Sereno) hasta la más acuciante modernidad, literaria o no (Pepe Carvalho o Petra
Almodóvar).
* La edición que cita el artículo se encuentra agotada.
Actualmente, La parábola de Carmen la Reina está editada por
Tusquets Editores.
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