Peones
de la intrahistoria
Ignacio Soldavila Durante
Manuel Talens, Rueda del tiempo
Tusquets, Barcelona 2001
En este su reciente libro de relatos, Talens ha recurrido -creo que por primera vez- a
hacer uso del rol de protolector de su propia obra, haciendo unos breves pero orientadores
e intencionados comentarios a cada una de las narraciones que lo componen. Pero
probablemente por no trazar de antemano carriles a la libre imaginación de sus lectores,
y alejándose de ese modo del clásico recurso de los prefacios, ha situado ese par de
páginas en posición epilogal, cuando ya el lector ha transitado a su aire por las
dieciséis piezas que componen el libro y que, como el anterior tomo de relatos
-Venganzas
(Tusquets, 1994)-, sigue, con rara habilidad de narrador, los pasos de una gavilla de
seres humanos en momentos generalmente terminales de sus trayectorias por la «rueda del
tiempo», «cuesta abajo en la rodada».
Espacios granadinos
No significan en su conjunto un cambio de rumbo en la trayectoria creadora iniciada
magistralmente hace casi diez años con La parábola de Carmen la
Reina, aquella
sorprendente primera novela en la que, con sabiduría, imaginación y una larga
experiencia lectora (y habría que añadir, auditora) creó un micromundo ficcional en el
espacio real de las Alpujarras. De aquel mundo en el que se mezclan ficción e historia de
manera casi inextricable proceden varios de los espacios en los que se desarrollaron
relatos de Venganzas y ahora de Rueda del tiempo, que también recupera personajes y
espacios granadinos cuya primera andadura nació con los relatos de 1994.
Y no sólo lugares y gentes, sino también tendencias, porque, por ejemplo, una de las
tres emocionantes historias de amor que acompañaban a la serie de venganzas -la titulada
«Custodia»-, no sólo tiene aquí, en modo cierto, continuación, sino que ésta
pediría ser integrada a la anterior serie de Venganzas, puesto que aquí se viene a
consumar la que los lectores de aquélla esperaron inútilmente que se cumpliera en el
odioso personaje de Ricardo Vico.
Del mundo de Artefa proceden los relatos «El perdedor», «Rueda del tiempo», que cede
su título al libro, y «El mapa de Peters». Granadinos son además los espacios de la
tremenda «Virtudes Pestaña se encuentra sola», de «Odisea» y «El hoyuelo».
Fuera de ese espacio tan suyo se encuentran los demás relatos y textos que componen el
libro. Porque efectivamente hay un texto, de particular brevedad, que se aleja de esa
categoría genérica, «La lucha interminable», donde Talens, como aclara no sólo en su
epílogo, sino en las notas bibliográficas a pie de página, no ha hecho sino juntar dos
fragmentos distantes en el tiempo: el primero, del Evangelio de San Marcos, y el segundo,
del comandante homónimo desde su selva lacandona, unidos por la ambición redentora y
vindicativa.
Hay otros relatos que se alejan del espacio propio talensiano para reencontrarse con el de
Hijas de Eva, su otra novela de 1997, que desarrolla su andadura temporal en el ámbito
valenciano, del que proceden los padres de Talens y en el que han transcurrido los diez
últimos años de su vida. Pero es otra cara del país
valenciano bien distinta de la bienhumorada y regocijante que caracterizaba a su novela
(aunque no menos incisiva en su percepción de la inquietante realidad) la que nos ofrece
en el relato que abre el volumen, «María». En él resucita, desde otro ángulo -el de
un superviviente canadiense de las Brigadas Internacionales- la memoria del maquis de la
serranía valenciana, a la que ha dedicado el novelista Alfons Cervera una memorable
trilogía novelesca, y a quien va dedicado, precisamente, el relato. Tiene esta historia,
como la ya mencionada «El hoyuelo», un mismo tipo de personaje, retraído y al parecer
incapaz de establecer vínculos sentimentales más allá del deseo. Personajes que nos
recuerdan, en la vida real, a Pío Baroja, que en sus memorias, y puesto a rebuscar algún
episodio sentimental que le hubiera marcado en su vida, sólo podía recordar la
aparición fugaz de una mujer con la que, en silencio, compartió una parte de un trayecto
en tren, y que, al descender del vagón, le dirigió una intensa mirada desde el andén.
Ritmo vital
Como en otros términos viene a decir Talens en su epílogo, a cualquier trayectoria
humana, por monótona y banal que parezca, le espera, agazapado, su «momento estelar»,
en el que su vida bascula y su ritmo vital se acelera. Pero Talens no anda, como Stefan
Zweig, detrás de grandes personajes históricos para encuadrar esos «momentos estelares
de la humanidad».
Los suyos son los silenciados peones de la intrahistoria, sobre los que se construyen las
grandes ficciones de los figurones históricos. Desde su primera salida literaria lo tuvo
bien claro Talens, que puso a Carlos Fuentes en la primera página: «El arte rescata la
verdad de manos de las mentiras de la historia». Y lo sigue teniendo bien claro, al
sobrio amparo, ahora convocado, de Antón Chejov.
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