CREO QUE
MARZO 7, DURANTE EL DÍA:
Por ahora
nada especial, solo una larga conversación con Ildefonso. Es
curioso, en todo el tiempo que llevo aquí, con todos estos,
sólo él se ha interesado por saber cómo llegué.
«Fue de los
muchísimos correos que conformaban la nutrida y fluida
correspondencia entre Ramón y yo, que surgió la posibilidad
de visitar y entrevistar al magnífico escritor griego Alexis
Missolonguionis. En forma muy diligente, y valiéndose de su
vieja amistad con el escritor, Ramón afinó los contactos
necesarios para que éste me recibiera en su casa ubicada en
las afueras de Atenas, y yo, por mi parte, no tuve mayores
problemas para que la revista financiara mi viaje. Y es que
la crónica de un encuentro con Missolonguionis prometía,
sobre todo teniendo en cuenta que hacía muchos años que el
tipo no aceptaba entrevistas a ningún medio y no asistía a
las presentaciones y firmas de sus libros; y siendo
ávidamente perseguido por muchos, yo había llegado a él sin
necesidad de grandes esfuerzos. Así, cuando me ví por fin en
Grecia, apenas podía soportar la curiosidad y la
expectación. El viaje era sólo por dos días pero como arribé
con suficiente anticipación, el tiempo que me restaba antes
del encuentro lo maté revisando que la cámara fotográfica
estuviera correctamente configurada y con la batería bien
cargada, repasando los apuntes y notas para la entrevista y
revisando que estuvieran todos los libros que le pediría
firmar, a saber, las novelas Los santos del infierno,
Avaricia, Salud, dinero y dolor y un libro de
cuentos titulado
El atardecer en que morimos.
A las cinco de
la tarde, en punto, llegué al número 56 de la calle Tritis
Septemvriou. La casa tenía forma de castillo, pero uno
venido a menos con la fachada descolorida y las cúpulas de
granito color marrón descarachadas. Me acomodé el maletín y
toqué el timbre una, dos, tres veces. Un conejo atravesó el
jardín corriendo y tras de él un gato enfurecido. El jardín
estaba un tanto despoblado y en él resaltaba una extraña
especie de rosas blancas cuyos bordes estaban pintados de un
rojo intenso. Missolonguionis salió entonces, seguido de un
enorme y silente perro chow chow café, de lengua
completamente negra; mascullaba para sí en griego mientras
abría el candado de la reja y no me devolvió el saludo sino
hasta que entramos en la casa. Su castellano tenía acento
español, como me había advertido Ramón, ya que había vivido
desde los 18 y hasta los 25 años en Granada, con la familia
de su madre. Buenas tardes, me dijo indicando una
silla. La sala estaba solo alumbrada por una lamparita de
mesa y botaba una luz tan delgada, que no alcanzaba ni para
leer mis apuntes, era casi como estar a oscuras.
Missolonguionis se sentó en la silla que estaba justo frente
a mí y ni siquiera hizo amago de encender las luces. –Conque
recomendada por Ramón, ¿no? –Así es –le contesté.
Quedamos mudos. Ya había sacado mi libreta de notas y la
cámara, pero no lograba hablar aún. Missolonguionis parecía
no estar ahí, parecía un espectro, y por un instante fugaz
creí que yo tampoco estaba allí, que quizás estaba soñando o
que me encontraba dentro de un sueño ajeno, tal vez del
sueño de Missolonguionis, peor aún, dentro de su cabeza. –¿Me
deja ver su libreta de apuntes? –dijo. Lo miré
desconcertada. –Ay, por favor, sólo quiero leer su
libreta de apuntes, a menos de que no sea eso, sino un
diario personal. Se la extendí. –Es muy desordenada y
su caligrafía me hace pensar que estudió en un colegio con
monjas. Es más, puedo decir que usted tuvo hace años atrás
una preciosa letra gótica, que cambió por esta cantidad de
arañas deformes en cuanto empezó a odiar a esas deleznables
monjas. Me dirigió una mirada gélida y curvó sus labios
delgadísimos en un ademán de sonrisa, pero macabra. A ese
punto, ya contemplaba a Missolonguionis con la
boca abierta. Quería preguntarle cómo podía saber que yo
había estudiado realmente en un colegio con monjas y que,
efectivamente, había modificado mi caligrafía debido al
profundo odio que sentía por ellas, pero callé. –Bien,
Morgana, obviemos toda la pelusa. Me molestan las chiquillas
preguntonas como tú. Cuéntame ¿has leído mis libros?.
Asentí. –Pues qué pérdida de tiempo –dijo. Le
arrebaté mi libreta y lo miré intentando tener la misma
frialdad de sus ojos, pero lo que tenía era rabia, mucha
rabia. –Si le molestan las entrevistas, para qué accedió
a recibirme –le pregunté con un tono más que ofuscado,
casi con altanería. –¡Diablos! Accedí a recibirla
porque Ramón es mi gran amigo y porque no puedo olvidar que
me tendió su mano cuando más lo necesité mientras vivía en
Granada. Sólo eso. Creo que me puse colorada de la ira.
¡Había perdido ese viaje a Grecia! Y todo porque el señor
era un caprichoso. Seguramente me diría cualquier tontería y
luego me mandaría muy amablemente al carajo. Quise gritarle
que era, sí, un gran escritor, pero que tenía la misma
prepotencia de uno muy mediocre. No me dio tiempo; antes de
que mi impulso se materializara, reanudó su discurso: –Aunque
lamento mucho, no sabe cuánto, que Ramón la haya recomendado
tan bien conmigo, porque lo único que consiguió fue
procurarme la mala periodista que me hacía falta. La
rabia se transformó súbitamente en desazón. Conque mala
periodista… ¡qué tipo más pedante!, me grité por dentro.
–Señorita Sánchez, le anuncio que usted no va a salir de
aquí –dijo, como si se tratara de algo inevitable a lo
que yo debía resignarme. Ya no sentí rabia, sino compasión.
Este viejo está loco, pensé. Missolonguionis se
inclinó sobre la mesita del centro y buscó a tientas algo
bajo la tabla. Un algo que probablemente presionó para que
sonaran así todas las cerraduras de la casa… como si
sospechosamente se estuvieran trancando. No me quedaron
dudas: no debía permanecer ni un instante más con ese viejo
loco y salí corriendo despavorida por toda la casa, abriendo
infructuosamente las pocas puertas que prometían llevarme a
la libertad del exterior. La casa no era muy grande e
intrincada, por lo que Missolonguionis dio fácilmente
conmigo y con una fuerza descomunal me aventó contra una
pared. Después todo es olvido. Me perdí en una nebulosa que
se convirtió rápidamente en una túnica negra y finalmente en
nada.
Pasaron
bastantes horas, al menos eso intuí porque cuando desperté
de mi olvido hacía un frío que se parecía mucho al de las
madrugadas. Por las dos ventanitas que había en lo alto de
la pared, pude ver un cielo negro-azulado, repleto de
estrellas, que me pareció extraño. Estaba aturdida, todo me
daba vueltas, busqué concentrarme en un punto fijo, me
esforcé por ver a través de la espesa oscuridad que me
rodeaba, hasta que identifiqué un mesón atiborrado de
implementos que parecían salidos del laboratorio de un
alquimista y muchas estanterías repletas de libros,
cuadernos y papeles, todo mal arrumado. Poco a poco fui
dándome cuenta de mí, de que me dolían mucho las piernas y
los brazos, que estaba sentada sobre el suelo y qué quién
sabe cuantas horas pasé en la misma posición, que tenía
amarradas las manos tras de mí y que mis piernas extendidas,
habían sido unidas por los tobillos con una anilla de
hierro. Intenté un movimiento leve, pero mis huesos llegaron
a crujir del dolor y se me escapó un grito que como por arte
de magia encendió un foco en el techo. La luz hirió hasta el
último rincón de la sala y no pude evitar, esta vez no un
grito, sino muchos alaridos. Cual si fueran marionetas,
cientos de seres pálidos y amoratados me recibieron colgando
desde el techo, o recostados a las paredes. Noté que todos
eran varones. Me fijé lo mejor que pude y supuse que no eran
artificiales. No, por el contrario, eran muy humanos. En su
mortalidad identifiqué su humanidad. El perro chow chow de
Alexis Missolonguionis surgió desde un rincón lentamente
hacia mí. Olisqueó mis zapatos, mis rodillas y luego se
acercó muy cerca de mi rostro y lamió mi mejilla dejándola
impregnada de su saliva pegachenta. Sus ojos parecían dos
carbones encendidos; esquivé su mirada que no parecía
animal. Ladró. Unas cinco veces. Una puerta se abrió, creo
que a un costado de la sala y entonces vi a Missolonguionis.
Estaba vestido completamente de blanco. Se acuclilló frente
a mí y su carcajada me hirió por dentro, porque sospeché en
ella el preludio a mi resignación irremediable y eterna.
Sacó una navaja del bolsillo de su camisa y me enseñó el
reflejo de su hoja filuda. Me desató las manos y tomó la
izquierda con la palma hacia arriba y me hizo un corte en el
dedo índice. No sentí dolor. Solo un levísimo cosquilleo.
Raspó la sangre que brotó de la cortadura con la navaja y se
la llevó hacia el mesón. Pensé que a lo mejor no era
escritor, sino un científico loco haciéndose pasar por un
escritor, pero deseché la idea cuando ví con atención hacia
un espacio del mesón en donde había un serie de frasquitos
con el rótulo TINTA FRESCA. –¿Qué sientes? –preguntó
sin dejar de manipular la navaja con los artefactos del
mesón. – Me duelen los huesos –le contesté. Me
vio como si me compadeciera. –No son tus huesos. No
tienes huesos. No tienes cuerpo. Ellos tampoco –y señaló
hacia los cuerpos que yacían por toda la sala. –Hago
tinta. Pero no cualquier tinta. Yo me estaba mareando
nuevamente. –De ese que ves allí –y señaló a un
hombre joven, de unos 30 años, que vestía jeans y camisa
verde y que estaba colgado en una esquina del salón –me
sirve su sangre para la tinta negra y con sus pestañas
elaboro finísimos pinceles para pintar en mis ratos de ocio.
Me armé por un instante de valentía y me burlé lo más
fuerte que pude. –Usted está loco, Alexis Missolonguionis.
Estos tipos están muertos, usted los mató. Usted es un
asesino. Ignoró mi acusación y terminó de manipular los
objetos en el mesón, luego levantó triunfante un frasquito
verde entre sus manos. –Esta tinta es de tu sangre. Quedó
aguada. Y no, no soy precisamente un asesino, por el
contrario, soy tu creador. Se dio media vuelta hacia la
puerta, pero lo detuve con un grito. No me quedaba más que
suplicar clemencia. –Déjeme ir, por favor. Sin
mirarme contestó: – No puedo. Aunque lo quisiera, no
podría. No puedes vivir si mí. Sin mí morirías allá afuera.
Tú no existes. Tú eres lo que yo hice de ti. Crees que
tienes vida propia, que existes, pero no es así, es un truco
para escapar de mí. Pero nunca dejo escapar una buena idea.
Sabes que estás prisionera porque viste los grilletes que te
he puesto. Mi perro te lamió la mejilla y viste cuando se
encendieron las luces. Pero no sentiste el corte que hice
con la navaja y no sabes tu nombre. Solo sabes el mío.
Lo enfrenté: –Me llamo Morgana Sánchez. Se carcajeó:
–¿Estás segura?
DEFINITIVAMENTE MARZO 7, EN LA NOCHE:
Ildefonso ha
escuchado la historia. El instante en que se ha quedado
pensativo, yo echo de menos a Ramón. Echo de menos la
revista. Las crónicas que estaban pendientes. Dudo de la
existencia de Missolonguionis. No. No dudo. Me resisto a
ella, que es diferente. Le he pedido a Ildefonso que me
cuente cómo llegó hasta acá, pero ya no lo recuerda muy
bien, es confuso, al parecer Missolonguionis necesitaba a un
hombre gordito para sus delirios más recientes de arte.
Todos los días viene, le quita un trocito de carne a
Ildefonso, y va moldeando la escultura gigante y amorfa que
está armando en una esquina del salón. A mi ya no me habla.
Por el momento, sólo quiere mi sangre para hacer tinta
fresca y no sé en qué la usa. Ildefonso me mira con dolor.
Dice que estoy pálida y que cada vez me voy amoratando más.
Dice que tengo una constante expresión de odio en mis ojos.
Dice que no he luchado lo suficiente por salir de aquí.
Dice, el pobre insiste, más
bien, que no estamos en una sala, que estamos en la cabeza
de Missolonguionis, que somos su locura, que las ventanitas
de allá arriba son sus ojos, que está durmiendo, que por eso
la madrugada y las estrellas…