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Criticar
el neoliberalismo y alejarse de él
Emir
Sader
Traducido
del portugués para Rebelión por Manuel Talens
Estados
Unidos invadirá Irak para tratar de derrocar el régimen de Sadam
Husein. Esperará la respuesta de Irak y las disposiciones de la ONU
antes de invadir el país el próximo enero.
La opinión pública
estadounidense está cada vez más preocupada por la economía y, como
eso afectará las elecciones de noviembre, la administración Bush
trata ahora de influenciar el clima electoral utilizando de nuevo el
patriotismo, y nada mejor para reforzarse que esa guerra infinita con
la que obtendrá una legitimidad que le negaron las urnas.
La administración Bush,
conforme comprueba que lo que iba a ser un ciclo interminable de
crecimiento de la economía estadounidense –la denominada new
economy– ha durado poco y el fin de la recesión no se ve en el
horizonte, pretende inculcar en el imaginario de sus ciudadanos que la
patria está en peligro, en nombre de la seguridad nacional. Con la
intención de reactivar la economía, su política económica corre
parejas con su unilateralidad y rompe con los cánones liberales que
siempre ha defendido, pues echa mano del proteccionismo y la
militarización para inyectar los recursos estatales en la decaída y
endeudada economía del país.
Ahora que les interesa, los
estadounidenses hacen como si sus críticos, en vez de condenar el
liberalismo como fachada defensora de los intereses de las grandes
potencias, estuvieran defendiéndolo para oponerse al proteccionismo.
Por ello, en el mismo momento que el neoliberalismo se agota a escala
internacional, se invocan los mecanismos de mercado para darle un
nuevo vigor.
Dado que no existe ningún líder
capaz de encarnar la dirección de un frente global antineoliberal, el
periódico progresista estadounidense The Nation considera que
las elecciones brasileñas son las más importantes del año, incluso
por delante de las francesas y las alemanas, porque aquí –en
un país que todavía mantiene un cierto peso internacional– uno de
los candidatos de la oposición sí que podría protagonizar la
primera gran experiencia de ruptura con el neoliberalismo.
Por ahora, se van sucediendo
en el mundo las manifestaciones de condena del neoliberalismo como política
responsable del aumento de la concentración de la renta, de la
hegemonía del capital especulativo, de los recientes escándalos en
EE.UU. y Europa y de la exclusión social y política, causante en
gran parte de los conflictos –tanto internos como externos– que se
han ido sucediendo a partir del final de la guerra fría (desde la caída
del muro de Berlín ha habido 56 conflictos bélicos, en una época
que prometía la paz).
El alejamiento del
neoliberalismo supondría la regulación, la protección de los
derechos de los países más afectados por la crisis –a empezar por
los africanos– y un nuevo orden jurídico y económico
internacional, en el que la Organización Mundial del Trabajo tuviera,
por lo menos, tanto poder de decisión como la Organización Mundial
de Comercio, no como sucede en la actualidad, que la OMC impone su
ley, mientras que las denuncias contra el trabajo de esclavos, la
superexplotación de los trabajadores y la discriminación de los
inmigrantes se convierten en papel mojado.
Una victoria de la oposición en Brasil podría
representar el rescate de Argentina y su salida de la crisis, con el
fortalecimiento del Mercosur, la creación de una moneda común
regional –que evite los riesgos de la dolarización–, una política
externa multipolar guiada por Brasil, la búsqueda de soluciones
negociadas para las crisis colombiana y venezolana y, por último, un
marco internacional indispensable para salir de un neoliberalismo que,
por muy criticado que esté, sigue rigiendo las relaciones económicas
mundiales.
Rebelión, 5 de octubre de 2002

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