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Los
perversos efectos psicológicos del capitalismo salvaje
NEOLIBERALISMO,
RESISTENCIA POPULAR Y SALUD MENTAL
James Petras
Traducido
para Rebelión por Manuel Talens
Introducción
Los quebrantos socioeconómicos causados
por la economía neoliberal son muy evidentes en todo el planeta.
Millones de trabajadores han perdido sus puestos, la patronal ha
obtenido un control casi absoluto del lugar de trabajo y ha aumentado
con ello los índices de explotación, mientras que decenas de
millones de campesinos y de pequeños agricultores han perdido sus
trabajos, los salarios han disminuido y la pobreza se ha disparado. Al
mismo tiempo, la renta de los altos ejecutivos de las principales
corporaciones se ha multiplicado por 10.
Lo que no ha recibido una atención seria
es el daño psicológico infligido a los trabajadores asalariados y
eventuales, que en muchos aspectos es tan grave como las pérdidas
materiales. Las entrevistas, los testimonios y las visitas a las
comunidades revelan las patologías mentales debidas al desempleo, a
la inseguridad en el trabajo y a la degradación de éste: los índices
de depresión crónica, de rupturas familiares, de suicidio, de
violencia doméstica, de malos tratos infantiles y de comportamiento
antisocial están en aumento, en particular si los desempleados se
encuentran aislados o son incapaces de exteriorizar su hostilidad y su
rabia mediante la acción social colectiva. La impotencia social y política
del individuo genera impotencia personal y se expresa bajo la forma de
pérdida de la autoestima, de trastornos sexuales y de inversión de
la rabia hacia el interior, lo cual da lugar a un comportamiento
autodestructivo. Soy de la opinión que la organización y la acción
colectivas, bajo la forma de movimientos de desempleados, de
organizaciones sociales comunitarias que llevan a cabo exigencias
colectivas tienen un efecto positivo no sólo sobre la creación de
nuevas oportunidades de trabajo, sino también desde el punto de vista
terapéutico. Las luchas colectivas incrementan la autoestima y la
eficacia personal, crean solidaridad y ofrecen una perspectiva social,
todo lo cual reduce la anomia.
Método
Con respecto a la salud
mental colectiva, el enfoque dialéctico es la mejor manera de
estudiar la relación existente entre fenómenos macropoliticoeconómicos,
tales como el neoliberalismo, y el comportamiento psicológico
microsocial. De la misma manera que las decisiones macroeconómicas
que toman banqueros y ejecutivos afectan el empleo –y, de rebote, el
desempleo y las psiques individuales–, las respuestas del trabajador
–ya se trate de una depresión o de su implicación en un movimiento
social– pueden asimismo tener una consecuencia importante sobre la
macroeconomía, ya sea por medio de la ocupación de fábricas o del
cambio de las formas de la propiedad.
Franz Fanon, en su ya
clásico libro The Wretched of the Earth [Los desheredados de la
tierra], señaló los efectos psicológicos profundos y negativos que
la opresión política y económica ejerce sobre los individuos cuando
éstos se encuentran atomizados. Estudios recientes han puesto de
relieve que el desempleo prolongado conduce a los trabajadores al desánimo
y a la falta de voluntad para inscribirse en las listas oficiales de
desempleo. Ello hace que las estadísticas distorsionen y subestimen
seriamente los índices reales, ya que no dejan constancia de los
trabajadores no inscritos por causa de depresión. A su vez, esto
permite que los portavoces de las clases dominantes hagan propaganda
sobre la salud de la economía y sobre la supuesta mejora del empleo.
La lógica dialéctica
de la estructura política y económica, de la organización social y
de la mente individual funciona desde los niveles superiores a los
medios y desde éstos a los inferiores. El capital internacional, la
patronal local y la camarilla política, que hace de correa de
transmisión, toman las grandes decisiones en el nivel superior y
dichas decisiones reflejan las relaciones de poder existentes entre
las clases y los estados-nación. Este es el contexto actual que vive
América Latina entre el imperialismo yanqui y sus regímenes
clientes.
Las decisiones de la
elite tienen un impacto sobre las organizaciones sociales, las
relaciones de clase entre los trabajadores asalariados, las
organizaciones sociales, los barrios, etc. La organización social
sirve de mediador entre las clases dominantes y el individuo,
reforzando el impacto negativo, mejorando los efectos u ofreciendo
formas de resistencia colectiva. De manera dialéctica, la reacción
individual (o la falta de reacción) influye sobre la organización
social y, en circunstancias excepcionales, puede incluso invertir de
manera parcial o total las decisiones macroeconómicas y el dominio de
las elites.
La salud mental, más
que un trastorno hereditario o anclado en las experiencias infantiles,
está socialmente determinada por las relaciones de poder, lo cual
sugiere que quienes sufren de enfermedad mental o depresión inducidas
por el desempleo, la inseguridad laboral o la disminución del nivel
de vida, pueden acceder a la curación a través de la resocialización
adulta (la conciencia de clase), ya sea a través de la organización
colectiva o de la acción social.
Los problemas socioeconómicos inducidos por
el neoliberalismo tienen consecuencias para la salud mental
El trabajo organiza
nuestra vida, nuestras costumbres diarias, nuestro ocio, nuestro nivel
de vida y nuestra vida familiar. La pérdida del trabajo altera la
disciplina cotidiana, vacía el bolsillo (o la cuenta bancaria) y deja
al individuo lleno de deudas y con una sensación de pánico. Hoy en día,
la patronal utiliza tácticas de choque: los despidos repentinos, sin
previo aviso para evitar protestas u organizaciones colectivas, aíslan
todavía más a la víctima. Si la pérdida del trabajo se vio
precedida por un sentimiento de inseguridad, puede que el trabajador o
el empleado experimenten al principio una sensación de alivio cuando
la tensión entre el trabajo y su ausencia se ha resuelto, aunque sea
de manera desfavorable. No obstante, este alivio inicial se ve
reemplazado por la depresión cuando el desempleado va al mercado de
trabajo y descubre que no hay nada para él. El rechazo repetido de
sus peticiones lo conduce a la depresión, en especial cuando la
ausencia de empleo se vive como un fracaso personal, lo cual sucede
cuando patrones y economistas culpan al individuo de no poseer los
atributos personales apropiados, de ser demasiado viejo, demasiado
joven, de no vivir en la región apropiada, etc. Sin embargo, cuando
el desempleado socializa su problema, comprueba que éste afecta a
millones de otros seres y que los responsables son las clases
dominantes y las camarillas políticas y se entera de que existen
medios para exteriorizar la rabia mediante la acción política, es
menos probable que sufra los peores efectos de la depresión.
El segundo problema
inducido por el neoliberalismo es la reducción de los niveles de vida
y de la renta. Los despidos obligan a los trabajadores a buscar
empleos peor pagados o a echar mano de sus ahorros y, en muchos casos,
a caer por debajo de los niveles de pobreza. La pérdida de estatuto
social, el miedo y la inseguridad frente a la incapacidad de pagar las
facturas de la electricidad, del agua o la hipoteca de la casa crean
una profunda y constante ansiedad y una pérdida del respeto de sí
mismo. En algunos casos, en especial entre los empleados de oficina,
éstos mantienen la fachada de respetabilidad incluso cuando sus bases
materiales han desaparecido. No es infrecuente observar a
profesionales desempleados, con chaqueta y corbata, leyendo los
anuncios de trabajo en el periódico. El intento desesperado de
mantener las apariencias frente a la decadencia ha llevado a
comportamientos esquizofrénicos: se vive como un proletario mientras
que, al mismo tiempo, se niega la realidad.
La pérdida del empleo
o los salarios de miseria dan lugar al colapso del estilo de vida, a
la pobreza, al aislamiento, a la intensificación de los conflictos
familiares y a una sensación de impotencia.
Las crisis económicas
del neoliberalismo, en particular el aumento del desempleo y la
proliferación de los trabajos mal pagados e inseguros, tienen múltiples
efectos, que se extienden más allá de las condiciones materiales de
vida y afectan tanto al ser social como a las relaciones más íntimas
de los individuos que las sufren.
Los
efectos sociales y psicológicos
La
personalidad al completo se ve afectada por el colapso provocado por
el neoliberalismo, pero la respuesta varía según sean las personas y
los contextos. La respuesta inicial más frecuente es un choque
profundo y una depresión, en muchos casos acompañados de rabia que,
si se posee conciencia de clase, se dirige contra los patrones o los
políticos tradicionales. Otros, quienes confían en sus jefes, pasan
a odiarse a sí mismos, pues aceptan las explicaciones que éstos les
dan: son ‘culpables’ de lo que les sucede.
En tales
circunstancias, existe una tendencia a retraerse, a sentir vergüenza
y perder la autoestima, lo cual conduce a la disminución de la
libido, al insomnio y a la incapacidad para dar o recibir afecto. La
hostilidad reprimida en contra del poder superior se desplaza hacia
abajo: contra la pareja, los hijos o los amigos. Por el contrario,
cuando el trabajador victimado socializa su descontento y lo convierte
en un problema público, es más fácil que la hostilidad se canalice
en movimientos sociales, que dirigen la agresión hacia la patronal y
el estado. No obstante, si no existen movimientos progresistas, la
hostilidad exteriorizada corre el peligro de caer bajo el control de
grupos que actúan contra otros trabajadores o colectivos marginales
(minorías raciales, mujeres inmigrantes, etc.).
Patologías
extremas
En
circunstancias extremas, la interiorización de los problemas sociales
o la autodepreciación pueden conducir a tendencias al suicidio, a
comportamientos autodestructores (alcoholismo crónico o drogadicción),
a conductas homicidas o a una paranoia clínica. En un contexto político,
la autodepreciación refuerza el complejo de inferioridad y puede
hacer que el individuo se ponga del lado de la poderosa elite que le
inflige los tormentos, o bien que desarrolle una personalidad
fascista, que se pone de rodillas ante los poderosos y ataca a los
desvalidos. Son, en potencia, tropas de ataque de la derecha listas
para ser reclutadas.
Salud
mental y militancia social y política
Incluso si es
casi inevitable un cierto grado de trastorno mental con las crisis
económicas y la pérdida del empleo, su grado y duración pueden ser
contrarrestados mediante las propiedades curativas de la organización
y la acción social y política.
Los efectos de
choque de los despidos de fábricas u oficinas pueden hacer que los
trabajadores y los empleados comprendan la naturaleza arbitraria y
explotadora del poder corporativo. El despido destruye el falso
sentido de las lealtades y de las obligaciones mutuas entre el capital
y el mundo del trabajo y revela en toda su brutalidad la auténtica
sustancia de las relaciones capitalistas: los beneficios están por
encima del sustento, de la familia o del trabajador individual. Y así,
el trabajador sin empleo se ve forzado a aceptar que su situación
personal constituye un ejemplo del concepto marxista de los intereses
antagónicos entre el capital y el trabajo, pues los años de
esfuerzo, de puntualidad, de lealtad y de productividad no impiden que
sea algo desechable, como un condón que se tira después de
utilizado.
La salud
mental de los trabajadores desempleados depende del grado de
solidaridad social con que se encuentran una vez expulsados de su
lugar de trabajo. Entre el despido y las organizaciones sociales de
los trabajadores victimados, las relaciones del individuo con su
entorno social tienen un efecto importante sobre su salud mental.
Los
movimientos sociales, en particular las asambleas populares y los
movimientos de trabajadores desempleados, proporcionan un marco para
la transformación de los problemas privados individuales en
respuestas sociales colectivas, pues exteriorizan la hostilidad contra
el sistema, contra la patronal económica y política. Las asambleas
son un foro donde los individuos pueden hablar y expresar sus ideas y
sentimientos, así como escuchar y aprender de otros que se encuentran
en la misma situación social. Las manifestaciones a favor de
exigencias programáticas proporcionan dirección y objetivos y ayudan
a vencer el sentido de impotencia, de aislamiento y de anomia.
La acción
colectiva es una forma de terapia social, pero no a través de la
consulta de un profesional de pago, sino en la calle, con la gente que
comparte las mismas condiciones en el mundo real, con sus peligros (de
represión) y sus victorias (los cambios sociales). La acción social
incluye organización, participación, implicación individual y
debate, que aumentan la autoestima, porque utilizan las capacidades y
el conocimiento del desempleado. El logro de cambios o reformas a través
de la acción colectiva, ya sea bajo la forma de obras públicas
financiadas por el estado o de empresas económicas de base
comunitaria, proporcionan esperanza para el futuro y beneficios
inmediatos.
En este
contexto, la catástrofe económica se convierte en una experiencia de
aprendizaje, de solidaridad práctica, no en una competición
individual; de igualdad social, no de distinciones injustas.
Cuando los
movimientos sociales de desempleados o las asambleas populares están
organizadas, se suelen basar en redes familiares y comunitarias. La
familia, en vez de convertirse en un terreno de conflicto, es la base
del apoyo social, donde los compañeros comparten trabajo casero y
valores sociales comunes. Los vecindarios se unen para organizar
proyectos de autoayuda mientras se movilizan para el cambio del
sistema.
Las nuevas
relaciones creadas por los lazos sociales de solidaridad de clase
disminuyen la alienación encarnada en las relaciones corporativas y
en las jerarquías estatales. La integración social en los
movimientos colectivos disminuye el comportamiento antisocial y la
inclinación a las tendencias delictivas.
Los
sentimientos de solidaridad en la familia refuerzan los lazos íntimos
y el afecto personal. La exteriorización de los conflictos aumenta la
estima personal y el deseo sexual.
Los
movimientos sociales y la acción política no pueden ayudar a los
individuos afectados de patologías extremas o aumentar la autoestima
de las víctimas que continúan aferradas a sus verdugos. Tampoco la
acción social resuelve los problemas económicos fundamentales que
deterioran la salud mental, pero es un paso en la buena dirección
hacia una nueva persona con mayor sensibilidad y solidaridad. Ya lo
dice el eslogan del movimiento de trabajadores desempleados:
"Tocas uno, tocas todos".
Rebelión, 20 de diciembre de 2002


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